Postales de M.E.
Mi amiga M.E. es la más viajera de todos.
Estambul, Hanoi, Burgos, Buenos Aires, Oviedo o Milán. También Petra, Teotihuacan, Boston, León, Jaipur, Bruselas, Marrakech,...
M.E. viaja mucho, recorre el mundo, y siempre, siempre, envía postales.
Postales y más postales.
Otras, más recientes, como las que aparecen en este post, han llegado a veces algo estropeadas, después de recorrer miles de kilómetros. Y han acabado perforadas, pinchadas en un corcho, apoyadas en una estantería, metidas entre libros... Lugares cotidianos, aparentes, que me traen a la vista esos otros lugares, a veces tan remotos desde los que M.E. siempre encuentra un momento para escribir.
Desde Siria hasta mi buzón llegó el alfabeto más antiguo de la historia, o enormes raíces de enormes árboles que envolvían templos en Camboya. Apareció Van Gogh fumando, como no podía ser de otra manera, desde Amsterdam, o postales donde M.E. me contaba de mosaicos, columnas persas, restos romanos, ruinas mayas...
Llegué un día a casa y leí las palabras de M.E. que decían “lo que se ve en la postal es lo que acabamos de hacer”. En la postal se veía una avioneta y la silueta inconfundible del Everest, y sentí a M.E., que estaba tan lejos, muy cerca.
He recibido fotografías del impresionante desierto de Túnez, sellos preciosos que llegaban de México, bonitos caracteres del Devanagari impresos en postales indias...
Guardo todas las postales y me encanta, cuando M.E. se va de viaje, llegar a casa y abrir el buzón.
Porque es genial que entre avisos del banco, circulares de la comunidad de vecinos, y propagandas varias, aparezca una postal con una foto bonita que me acerca un trocito del mundo, y darle la vuelta y encontrar las palabras de M.E. y leer lo que cuenta con esa letra tan familiar y tan cercana para mí.
La letra amiga de mi amiga más viajera.


