Tú y yo
Llegamos a París cuando atardecía, después de unos días agotadores por las carreteras de Francia.
Tú era la primera vez que visitabas la ciudad. Yo estaba deseando llevarte por ella.
Esa misma noche, cálida como todas las de aquél mes de Agosto, anduvimos por el Boulevar de Grenelle, por la rue Desaix, por los Campos de Marte...Íbamos tú y yo de la mano, pegados el uno al otro por las calles de París. Cuando nos besamos, la ciudad empezó a ser un poco nuestra.
Aquellos días yo te conté de Eiffel y del hierro y el acero, y te llevé hasta La Villette y tú me mirabas sonriendo y hacías como que te interesaba el Parque Tecnológico.
Tú me hablaste de conquistas de Napoleón, de los impresionistas d´Orsay, de revoluciones, de París tomada por los alemanes, y yo, aunque no vestía de azul, me sentí como Ingrid Bergman.
Una tarde, sin prisas, recorrimos tú y yo los jardines del Museo Rodin. Esculturas preciosas, como “El Beso”, parecían ser nosotros.
Después cenamos en un acogedor restaurante de Saint Germain, uno de esos lugares tan típicos de París en los que la falta de espacio obliga a estar cerca. Así estuvimos, muy cerca, sí, y nos hablamos en voz baja, y tú me dijiste y yo te dije.
Y cuando acabamos la comida y nos bebimos el vino, la línea 10 del metro nos llevó a la rue de Lourmel donde estaba nuestro hotel. Y subimos a la pequeña habitación y llegamos con esa apetencia del uno por el otro, con esas ganas de todo el día, de cada noche, con ese querer estar muy juntos, tú y yo, muy juntos.
Y otra tarde, callejeando cerca de la Sorbona por la rue Valette, nos encontramos con una calle de esas preciosas y estrechas, con aceras más estrechas todavía. Tenía aquella calle el aire y el encanto del París de los años cincuenta.
Y encontramos allí una tienda de música. Buscamos y rebuscamos, tarareamos títulos que leíamos escritos en una carátula, en un catálogo, apartamos lo que nos gustaba, yo hablaba con el dueño y te traducía...
Disfrutamos, una vez más, de esos pequeños momentos, de esas pequeñas cosas que nos encanta hacer, y, mirándonos y pensando en tantas y tantas canciones comunes, nos sentimos, tú y yo, fuertes, arrogantemente unidos los dos. Tú y yo, dos compañeros, dos amantes.
Entre otros, compramos un disco de Jacques Brel.

