viernes, 13 de abril de 2007

Юрий Алексеевич Гагарин


Hoy, 12 de Abril, se celebra en Rusia el “Día de la Cosmonaútica”.
Y es que tal día como hoy del año 1961, un hombre de tan solo 27 años, Yuri Alekséievich Gagarin, en ruso Юрий Алексеевич Гагарин, se convirtió en el primer hombre en viajar al espacio.
Lo hizo en la cápsula “Vostok I”. Había sido creada por el ingeniero y diseñador espacial Serguéi Koroliov con la ayuda de otros personajes como Ivanovski o Semion Kosberg y Alexei Mijailovich Isaiev que fueron los responsables de los motores que habrían de propulsar a la máquina y al hombre al espacio exterior, los motores que llevarían a Yuri Gagarin a ese lugar del cosmos en el que nadie antes había estado.
La “Vostok” era una esfera de 2,3 metros de diámetro, pesaba escasamente 2500 Kg y estaba unida a un espacio cilíndrico del mismo peso en el que se alojaban los sistemas necesarios para su funcionamiento. Fue lanzada desde el cosmódromo de Baikonur a las 09:07 de la mañana, en un especial día de primavera con el cielo despejado y azul y, a una velocidad de 28000 km/h, dio la vuelta a la órbita de la Tierra. Después de 1 hora y 48 minutos, con apogeo de 327 kilómetros y perigeo de 175, faltaba por realizar la parte más peligrosa de la misión: la “Vostok I” y su tripulante debían emprender el camino de regreso a casa.
Yuri Gagarin abandonó la cápsula y saltó a 7000 metros de altura sobre Siberia. Había sufrido la ingravidez, había sentido una fuerza de valor hasta diez veces su propio peso y la reentrada en la atmósfera había hecho que la “Vostok I” alcanzase temperaturas de 1000 grados Centígrados. Yuri Gagarin había viajado nada más y nada menos que por el cosmos y había llegado, sano y salvo, de vuelta a la Tierra.

Había nacido en Gjastak, el 9 de Marzo de 1934, en una familia humilde en la que el padre trabajaba como carpintero.
No medía más de 1,62 metros de altura y no llegaba a pesar 69 kilos, sin embargo su preparación física era excepcional y poseía una extraordinaria capacidad mental capaz de superar momentos y situaciones de gran dificultad y tensión. A estas características unía un caracter abierto y jovial, su simpatía arrolladora y la sonrisa que acompañaba a unos increíbles e intensos ojos azules.
A la vuelta de su viaje espacial Yuri Gagarin recibió todo tipo de honores por parte de las autoridades y del pueblo de la antigua Unión Soviética. También fue reconocida su hazaña en otros países a los que viajó y de los que recibió felicitaciones y homenajes. Se hicieron películas y se escribieron libros sobre él y su aventura, se inauguraron calles y plazas con su nombre, los niños estudiaban su vida en las escuelas, visitaba los muchos lugares desde los que se le reclamaba y hablaba de su vuelta a la Tierra dentro de su cápsula, representaba con orgullo a su país,...era un héroe.

Pero nunca más volvió a viajar al espacio. Las autoridades rusas no le dejaron. Pensaban que el riesgo era muy alto y que no podían permitirse perder una figura tan emblemática, tan querida por el pueblo. Incluso le retiraron su licencia de piloto.
Una vez recuperada esa licencia, varios años más tarde, Yuri Gagarin pilotaba junto con un instructor un MIG-15. Realizaba un vuelo rutinario y sin saber el motivo el MIG se estrelló a 150 Km al oeste de Moscú hundiéndose seis metros en el suelo y muriendo el instructor, Vladimir Sirioguin, y él mismo. Era el día 27 de Marzo de 1968 y Yuri Gagarin tenía, tan sólo, 34 años. Parece ser que el vuelo de otro avión causó extrañas turbulencias difíciles de superar por el MIG y que las condiciones climatológicas, bastante adversas, hicieron el resto.

Otras versiones dicen que Yuri Gagarin no llegó a morir pero que el estado en el que consiguió sobrevivir era tan terrible que las autoridades decidieron ocultarlo al pueblo. También se ha contado que todo fue una trampa y que en realidad se había vuelto “incómodo” para los altos poderes y que éstos lo asesinaron. Incluso alguién escribió que nunca llegó a superar el no poder volver al espacio y que eso le llevó a una inestabilidad mental importante que debía esconderse. Se llegó a decir que bebía, que bebía mucho y que esa fue la causa del terrible accidente.

Supe de Yuri Gagarin al abrir mi libro de “Ciencias Naturales” de 4º de EGB y ver una foto suya. Cuando leí su historia pensé que era el hombre más valiente del mundo y, desde luego, el más guapo. Siempre que cogía el libro buscaba la foto y pensaba cómo sería volar, viajar al espacio, ver la Tierra desde el cosmos, y miraba y volvía a mirar su cara y sus ojos azules.
Así que no puedo creer ninguna versión extraña sobre su muerte. Valga por esta vez no buscar más y saber que Yuri Gagarin, un 12 de Abril de 1961, viajó con la “Vostok I” tanto y tan rápido que consiguió acercarse a las estrellas y valga creer que, unos años mas tarde, desde un MIG-15, simplemente, volvía a ellas.

Debajo de la foto que tantas y tantas veces yo miraba de pequeña, ponía: “Yuri Gagarin, el primer cosmonauta de la historia”.

miércoles, 4 de abril de 2007

Viajar

"El Gótico" (Burgos, Abril 2005)
Hoy martes, 3 de abril, de madrugada, con la maleta lista para viajar mañana, se me ocurre que:
Uno:
Deberíamos, siempre que pudiéramos, subir en un avión y marchar lejos y tener presente que hay mundos y gentes a muchos kilómetros que merece la pena conocer.
Dos:
O conducir el coche sólo media hora desde la ciudad hasta los dos pueblos más cercanos que encontremos pensando que habrá alguién, en un lugar remoto, con el deseo de viajar al lugar dónde nosotros acabamos de llegar.
Tres:
La mínima muestra de educación sería aprender a decir “buenos días”, “gracias”, “por favor”, “adiós”,...en el idioma que corresponda. Sí, la persona que sabe inglés no sabe francés o al revés, lo normal es no saber bien ninguno de los dos idiomas, el turco es difícil y el cirílico de los rusos un alfabeto imposible...en cualquier caso, deberíamos hacer el esfuerzo.
Cuatro:
Al estar paseando por una calle de un casco antiguo, observando un cuadro pintado por ejemplo por Caravaggio, mirando una plaza típica de cualquier lugar,...convendría pensar en el momento único que estamos viviendo. E imaginar cuántos y cuántos otros, antes que nosotros, habrán disfrutado, quizás hace siglos, de esa misma calle, esa plaza, de ese cuadro...
Cinco:
Se impone en algunos lugares renunciar a las ensaladas y beber agua embotellada, pero eso no debería impedirnos estar abiertos a nuevos sabores, nuevos olores en las cocinas, y probar y disfrutar comidas que habitualmente no comemos, y beber nuevos licores.
Seis:
Sería bueno recordar a Kavafis cuando dice
“Detente en los mercados fenicios
para comprar finos objetos:
madreperla y coral, ámbar y ébano,
sensuales perfumes, -tantos como puedas-...”
y comprar regalos, simples detalles que sean la muestra de que, a muchos kilómetros, durante unos instantes, pensamos en alguién.
Siete:
Por lejos o cerca que uno vaya debe siempre, siempre, volver. Siempre.
Ocho:
Se podrían pasar ratos muy divertidos y muy interesantes (y no sólo es deformación profesional) si se hiciera una visita, en todas las ciudades en las que se pudiese, a los museos de Ciencia y Tecnología. Y uno podría encontrarse con Galileo, von Braun, Lindbergh, los hermanos Wright o los Lumière, Volta, Edison...
Nueve:
Sería necesario, cuando se está en un aeropuerto pasando por controles, registros, escáners...no pensar en lo esclavos que somos por la necesidad de seguridad y repetir, pensando en Machado y en Soria: “caminante no hay camino...se hace camino al andar...”
Diez:
En este país de nacionalismos y nacionalistas, los de la “gran patria” y los de las “otras patrias” más pequeñas o medianas o lo que sean, podríamos agarrarnos ilusamente a la idea que una vez alguién expresó, la idea tan sencilla como imposible de que el nacionalismo se cura viajando.
Once:
Y sobre todo, por encima de todo, ocuparse de lo esencial, de lo imprescindible, dar importancia a lo que más la tiene y leer uno de los poemas de Gil de Biedma. Ese titulado “Compañeros de Viaje”.


"Madrid en ruso" (Aeropuerto de Domododevo, Moscú, Agosto 2006)

viernes, 23 de marzo de 2007

AB, CD, EF, GH,...

Las primeras agendas electrónicas o las modernas PDA, una sencilla excel o una elaborada base de datos, la agenda “virtual” del teléfono fijo o la SIM del móvil; ninguna ha eliminado a la clásica agenda. Es más, los sistemas modernos utilizados se renuevan continuamente y de ellos aparecen y desaparecen con rapidez nombres, números, direcciones,... y, sin embargo, la agenda de toda la vida, la de papel y tapas duras, la de escribir a mano y tachar y volver a apuntar y reescribir, destinada sólo para lo personal, sigue ahí y dura más y más años y se renueva menos.

Cuando llega el momento en el que esa agenda que quizás nos ha acompañado durante cuatro o cinco años se cambia por una nueva, comenzamos con la emoción de estrenar, como cuando de pequeños escribíamos en un cuaderno nuevo un rótulo que anunciaba: “2ª Evaluación”. Ese momento empieza con el olor del papel nuevo y con la ilusión de escribir a mano, algo, tan, tan raro en los tiempos que corren. Definitivamente, agradables sensaciones.

Se van escribiendo los nombres de los amigos de siempre. Estaban ahí en la agenda anterior, estan en ésta, se vuelven a copiar en la próxima. Y lo que es, probablemente, una de las cosas más importantes de la vida, la confirmación de quién permanece, se convierte en un acto de escritura sin más, en algo mecánico, asumido.

Pero en seguida aparece el primer golpe de melancolía: escribir una dirección lejana hace pensar en ese “tan cerca/tan lejos” tan difícil de llevar a veces, en los kilómetros que siguen siendo muchos a pesar de las rápidas autovías, del messenger o de los aviones.

Y después aparece el segundo. Este segundo golpe es directamente de tristeza, de esa dura y profunda tristeza que encoge el estómago al leer el nombre de alguién que murió hace tres años o hace tres meses. Y se toma la decisión, en un intento de ignorar lo inevitable, con un gesto tan rebelde como inútil, de volver a escribir en la nueva agenda ese nombre. Siempre.

Peor es lo contrario: decidir que un teléfono, unas señas, escritas desde hace tiempo, no van a formar parte de la recién estrenada agenda.
Puede que sean datos de personas que no han sido demasiado importantes, gente de paso con la que el contacto duró poco.
Quizás se trate de amistades en su momento valiosas pero débiles ante los cambios de escenario y ante el paso del tiempo.
O ese teléfono que definitivamente no va a volver a ser escrito ni marcado ni memorizado, es de alguién a quien quisimos mucho, alguien que salió de nuestra vida mientras pensábamos en esa canción que decía “se nos rompió el amor de tanto usarlo...”
¿Qué será de todos ellos?, ¿en cuál de todas esas direcciones que tenemos estarán ahora?, ¿qué móviles, qué calles, qué ciudades estarán ellos apuntando en sus agendas?

Pero lo peor, lo más desolador, es encontrarse de repente con un nombre apuntado en la agenda pero borrado totalmente de nuestra memoria. En su momento ese nombre, ese amigo o conocido, sería lo suficientemente importante como para formar parte no de la agenda de trabajo ni de otras cuestiones, sino de la agenda personal, la de la gente casi siempre elegida por afinidad, por gusto o simple amistad. Y, sin embargo, ahora nos es imposible reconocerlo, ponerle cara, datos, recordar un momento, aunque sólo sea uno, vivido con él.
¿Cómo puede ocurrir? Si además se hace de las relaciones con los demás los cimientos de lo que quiere ser uno mismo, ¿cómo es posible que haya personas que aparentemente no dejen ninguna huella en nosotros?. Y este desconocimiento ¿será mutuo?, ¿qué parte de nuestra persona quedó en ellos?, ¿y ellos, qué nos dejaron?, ¿algo que no reconocemos?, ¿o nada, quizás?.

En el perfil de su blog, senses&nonsenses, dice:
“Somos los libros que hemos leído, las películas que hemos visto, las canciones que amamos. Somos nuestros amigos, nuestros maestros...” Estoy de acuerdo. Somos en parte aquellas personas que hemos conocido, que hemos tratado. Y aún sin quererlo, a algunas de esas personas, las olvidamos. Puede que también olvidemos, un poco, a veces, lo que somos.

lunes, 12 de marzo de 2007

ÉL, la pintora, el dibujante y una escritora

“La escritora” (entre muchas comillas) soy yo, y lo que aquí se lee, el pobre resultado de mi escritura. Tan lejos están estos posts de ser lo que a mí me gustaría que fuesen, que ha podido más la vergüenza que el ego y sólo una persona, ÉL (con mayúsculas), sabía de la existencia de este blog. Nadie más.

Hasta hoy. Yo le dije a ÉL: “no le cuentes a nadie que escribo un blog” . Y ÉL ha dicho hoy: “Cristina escribe un blog”. Todavía no sé qué parte del mensaje no le quedó clara, el hecho irrefutable es que, desde esta tarde, dos personas más conocen lo que torpemente escribo. Esas dos personas son la pintora y “el dibujante”.

La pintora (sin comillas) es genial y pinta cosas preciosas. Hace ya unos cuantos años me regaló su primer óleo. A ese siguieron otros, más y mejores; pero, para mí, el que me regaló, el que aquí pongo fotografiado, siempre será mi preferido.

Y “el dibujante” (con unas cuantas comillas) es mi hermano. El nombre de mi blog le ha permitido dar rienda suelta al sentido del humor y a la ironía que le caracteriza, es decir, reírse de su hermana que soy yo y de mis ocurrencias. Ha tomado al asalto una servilleta del bar en el que estábamos y, entre cachondeos por su parte y protestas por la mía, ha hecho la muy elaborada ilustración que sigue.

Vaya para ellos tres: la pintora, “el dibujante” y “ ÉL”, desde este blog, todo mi amor.

Y, por supuesto, para los que de vez en cuando leéis algo de lo que escribo, para los que leéis, incluso, con paciencia, tonterías como ésta.
Como dice en la servilleta, “gracias por su visita”.
Como dice Bunbury en su canción, “astronauta soy, en órbita lunar...”

viernes, 2 de marzo de 2007

Uno sólo conserva...


"Despegando" (Aeropuerto de Newark, Julio 2004)

Tiene dieciocho años y ganas de no pararse ni un solo día, ni un minuto. Tiene un grupo en el que toca el bajo y con el que hace música fuerte, directa y potente. Es estudiante y tiene inteligencia suficiente para, aún estudiando más bien poco, llevar bien el curso; de hecho tiene posibilidades de conseguir una beca y está deseando que se la concedan para marcharse a estudiar fuera. Y es que también tiene muchas ganas de aprender de verdad idiomas, de ver cómo son las cosas en otro país, de conocer y tratar a otras gentes. Tiene prisa y, mientras llega o no el “erasmus”, piensa en este verano y en hacer un viaje con algunos amigos en plan mochilero por Alemania y pasar muchas, muchas juergas. Tiene en mente ir a Londres y ver conciertos. Y tiene ganas de acabar de estudiar y ponerse a currar y tener algo de dinero y poder independizarse. Tiene ganas de apañárselas él sólo.

Y también tiene, desde hace casi un año, una novia.
Al principio no eran las cosas así, ella no era así, le gustó mucho precisamente porque no era así, o eso creyó él, pero ahora sí que es, es de ese tipo de chica que no quiere que su novio vaya a ningún sitio sin ella, mucho menos un año fuera de España, de “erasmus”. Ella no quiere que él piense en juergas o en conciertos. No quiere que unos días de verano los pase de viaje con los amigos. Y si se trata de chicas, ella no quiere que él las tenga cerca; ni como amigas, ni como compañeras, ni como nada. No quiere que piense ni en independizarse, ni en vivir sólo, ni en compartir piso con otros que no sean ella.

Me cuenta que ni puede ni quiere vivir bajo control. Nunca. Mucho menos a los dieciocho años.
Y mientras me pregunta si hace mal en querer romper y se pregunta cómo hacerlo con cuidado, recibe siete llamadas en el móvil. Es ella que quiere saber cada diez minutos dónde está, qué hace, con quién...
Le digo que no, que no hace mal. Y aunque le gustan grupos como “Machine Head” o los “Korn”, le recuerdo un poco de una canción preciosa de Jorge Drexler, esas palabras de la canción “Mi guitarra y vos” que dicen que “uno sólo conserva lo que no amarra” ...

sábado, 10 de febrero de 2007

Orhan Pamuk


Cuando se llega a Estambul, Estambul sorprende. Unas horas después, engancha.
A muchos les ocurre. A mí también me pasó.

Puede que a uno le gusten las anchas avenidas, limpias, luminosas...da igual, se disfrutan las irregulares y sucias y animadas calles de, por ejemplo, la vieja ciudad alrededor de Süleymaniye.
Quizás uno está apartado de la religión, de todas, mucho más de la musulmana; aún así, caminar descalzo por las enormes alfombras de las Mezquitas hace sentir sosiego, paz y belleza.
Se puede tener pasión por los grandes palacios europeos y pasar horas y horas en Topkapi imaginando cómo vivieron los sultanes y después cambiar paseando por el barrio medio en ruinas de pescadores de Kumkapi y aprender que las gentes más humildes no dejan de tener un punto de alegría.
Alguién puede esperar coherencia, pero ésta es una ciudad de contrastes, y por ejemplo la avenida que rodea la parte más auténtica de la antigua ciudad es casi futurista y además tiene el nombre menos estambulí posible: Avenida Kennedy.
Se sufren en las grandes ciudades el tráfico y los transportes públicos, sin embargo, en Estambul, el caos continuo de coches, autobuses, modernos tranvías, se compensa con la maravilla de coger otro tranvía, el antiguo y bien conservado que sube desde Gálata hasta Taksim recorriendo una calle llena de bares, pastelerías elegantísimas, restaurantes de todo tipo, tiendas de moda y lujo y llegando a la plaza más moderna y cosmopolita de Estambul.
Y cuando uno está casi desbordado de sensaciones, pensamientos... entonces hay que emocionarse un poco más, hay que ir desde Eminönü hasta, por ejemplo, Anadolu Kavagi, hay que notar el contraste entre la parte europea y la parte asiática de la ciudad, hay que recorrer lo que más aman los estambulíes: hay que sentir y vivir el Bósforo.

Y para entender un poco lo que es el Bósforo nada mejor que leer el libro “Estambul” de Orhan Pamuk. Cuando apareció en las librerías supe que el libro iba a gustarme y mucho. Y no porque lo escribiese un Premio Nobel, sino porque nada podía disgustarme si hablaba de Estambul. Y menos si lo escribía alguien que ha nacido y vivido y querido tanto a su ciudad como Pamuk y que con sus libros y su persona defiende y pide para su tierra aires de libertad.
Muchos en su país lo quieren y lo apoyan por ello, por esa libertad ante el pensamiento y ante la vida que mantiene, pero otros, una minoría radical, persiguen, literalmente, matarle. Por eso la semana pasada se vio obligado a abandonar su barrio, sus gentes, la casa familiar en la que ya vivían sus abuelos y ahora vivía él. La semana pasada comenzó su exilio y abandonó su ciudad.
Leo las muchas palabras que escribe sobre el Bósforo. Siente el Bósforo con pasión y al leerle yo siento las muchas sensaciones que me llegaron cuando lo recorrí.
Recuerdo que después de vivir la ciudad y sus gentes, cuando llegó el momento de marcharme, camino del aeropuerto, me di cuenta de que siempre recordaría con gusto y cariño Estambul y, especialmente, el viaje por el Bósforo.

Hoy, ahora, imagino la desolación y la pena de Orhan Pamuk ante la injusticia de tener que abandonar el Estambul que tanto ama. Pienso en la tristeza enorme que debe de sentir al dejar de ver el azul, el intenso y hermoso color azul del Bósforo.



Fotos del Bósforo (Estambul, Abril 2006)

martes, 30 de enero de 2007

Horas de Rock&Roll

El pasado viernes por la noche un concierto llenó de música la “Multiusos”. Guille Martín murió hace unos meses y el concierto quería ser un homenaje para él. Fue un guitarrista que tocó con muy buenos grupos y músicos de este país y muchos de ellos, el viernes, estuvieron aquí.
Parecía estar el evento bien organizado, técnicamente todo salía perfecto y en el escenario, grupo tras grupo, se hacía música. Y dentro de la fuerza y la determinación del rock and roll, unas palabras, apenas una frase que algún colega y amigo decía antes de comenzar a tocar recordando a Guille Martín, ponían, durante un instante, un punto de tristeza.
Amaral cantaba “...no quedan días de verano, el viento se los llevó y un cielo de nubes negras cubría el último adiós. Y fue sentir de repente tu ausencia...”

Muchas letras de muchas canciones se pueden acoplar a cualquier momento, sensación, a cualquier circunstancia. El viernes por la noche era inevitable no hacerlo.

A la salida el frío había llegado, por fin, a la ciudad. El viento, fuerte y helado, interfería con la música y sus muchos vatios de potencia zumbando todavía en los oídos, y los cuatro grados bajo cero contrastaban con el calor que, tanto en sentido literal como figurado, mucha gente había hecho posible dentro de la sala.
Intentando mantener las sensaciones del concierto pensaba en lo terrible que es morir joven y en que la alternativa a morir joven es morir viejo. Duro, muy duro, también.

En mi cabeza sonaba la poderosa voz de Bunbury cantando “...si todo lo que nace, perece del mismo modo...” y con la tristeza definitiva que produce el hecho de que las cosas sobrevivan a las personas, imaginé una casa y una habitación. Una habitación en la que se guardaban púas, amplis, los pedales, cuerdas de acero, guitarras eléctricas...
Una habitación, supongo, cerrada.



"The Guitar Center" (Queens, New York, Julio 2004)

sábado, 20 de enero de 2007

Viernes por la noche

"Luces" (Zaragoza, Julio 2004)

Hay viernes que a las once y media de la noche se coge el coche y se sale por ahí: a cenar, al cine, o simplemente de juerga por los bares de la ciudad. Y otros viernes, esos en los que vivir se ha hecho un poquito más difícil, a las once y media de la noche se coge el autobús para, después de todo el día por el mundo, volver a casa.

Hoy ha sido uno de esos viernes, y el trayecto desde las afueras ha comenzado, quizás por acompañar a mi ánimo, a oscuras. La parte norte de la ciudad ha sufrido un apagón y sólo los focos de los coches iluminaban las calles. Ni farolas, ni neones o carteles, tampoco el rojo-amarillo-verde de los semáforos, ni escaparates ni anuncios, ni las pequeñas luces que salen de cada ventana de cada casa. La policía, con balizas luminosas, intentaba poner orden en medio del caos. La gente seguía caminando por las aceras convertida en sombras, y desde el bus, mientras me preguntaba qué transformador o que subestación habría fallado, pensaba en lo complejo y frágil de este mundo que hemos creado. Quizás parecido a las personas.

Casi una hora después, al llegar a mi parada y ya con todas las luces iluminando la ciudad me pongo a caminar como de costumbre entre el bullicio propio de un viernes por la noche y todo, excepto yo misma, parecía estar bien. Cincuenta metros más adelante, un señor algo mayor, terriblemente borracho, tendido en la acera, pide ayuda. Mientras venía la ambulancia y un camarero de un bar cercano le daba un poco de agua yo observaba con tristeza su aspecto descuidado, sus zapatos casi fuera de los pies, sus calcetines viejos...pienso en que tendrá menos edad de la que aparenta, pienso en si habrá bebido mucho o será de esos alcohólicos que ya con un sólo vaso de vino están vencidos. Lleva barba canosa de varios días y pelo, también canoso, que intenta peinarse con una mano tan sucia como temblorosa. Y pasando del análisis racional de la escena, y metiéndome en sus ojos tristemente perdidos, me he preguntado si fue la vida la que le abandonó o fue él el que, poco a poco, quizás sin saberlo, se apartó de la vida.

Cuando me voy alejando, de pronto, un soplo de aire nuevo me llega, huelo a hierba fresca y siento esa maravillosa sensación que todos los años, una noche allá por marzo o abril acude y anuncia la primavera. Pero no es marzo: es enero, y lo que debería ser una noche helada por estas latitudes con temperaturas bajo cero, es una velada con doce grados en la que sobran los abrigos y acompaña un agradable buen tiempo. El cambio climático engaña a los sentidos, pero no puede engañar a la mente: no cuadra, no debería ser, y el encanto y la paz que por unos segundos han estado en el ambiente, se rompen. Definitivamente esta es una noche extraña.

O quizás no sea la noche y sea yo que no dejo de pensar en el hospital en el que he pasado la tarde. Allí está una persona que conocí cuando yo tenía siete años. Siempre fue acogedor y simpático. Y elegante: a mi hermano y a mí nos hacía gracia que todo el tiempo llevase corbata. Entonces, y durante muchos años, me pareció alto y fuerte. Realmente lo ha sido hasta hace muy poco.
Ahora, esta noche, mientras escribo ésto, intenta, con el poco aliento que le queda, seguir viviendo.

viernes, 5 de enero de 2007

NOCHE DE REYES (MAGOS)

Dicen por ahí que los Reyes son los padres. Ni caso. Si se trata de aguarme la fiesta, no lo van a conseguir. Dejaré en la terraza mi zapato, maíz para los camellos y dulces para Melchor, Gaspar y Baltasar. Como cuando era una niña (allá por los años setenta....uauuuuuu). Y mañana habrá regalos.
Porque, sí, vale, claro, he leído por ejemplo a Henry Miller, pero hoy, como hace tres y hace diez y hace quince años, uno de mis libros preferidos sigue siendo "El Principito".

Ah...y si me traen carbón, que sea dulce, que está para chuparse los dedos.


 
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