Pensaba estos días en el aniversario de la Revolución Cubana, en sus ya cincuenta años de luces y tremendas sombras, pero en seguida sentía “otros cincuenta”, los cincuenta grados Centígrados de diferencia entre las temperaturas extremas de este verano en La Habana, y los casi diez bajo cero alcanzados últimamente por aquí.
Porque hace mucho frío, desde hace muchos días.
El viento intenso anunció ya hace varias semanas lo que se avecinaba. Se calmó y dejó paso a ambientes gélidos llenos de nieblas. Por la noche sólo se alcanzaba a ver el reflejo de los semáforos.
Nevó hace unos días. No tanto como la última vez, pero lo suficiente para bajar a la calle y tocar la nieve. Lo suficiente como para horas después saber que la nieve deja paso al hielo y que es imposible caminar, conducir, ir, volver.
Gerseys y chaquetas y bufandas. Botas y guantes. Y la sensación de que el aliento se congela y los huesos se encogen.
Y pensaba en Cuba. Y cuesta recordar ahora las sensaciones cálidas de aquellas tierras. No es que sea necesario ir tan lejos para sufrir el verano. Por aquí siempre hay días de cuarenta grados y semanas por encima de los treinta y cinco, pero no hay mar.
Nada es comparable con el impacto que se recibe cuando del aeropuerto “José Martí”, con un buen aire acondicionado, se sale al exterior y de repente todo el calor de Agosto cae encima, de golpe. Es un calor unido a una humedad pesada, densa, una humedad que envuelve y se mete en la piel provocando un agobio que ahoga. La ropa se pega al cuerpo, se notan los labios salados y cuesta respirar.
Qué diferente ese mes del Diciembre recién pasado o de este Enero.
Resulta muy curioso cómo el clima lo condiciona casi todo.
Qué cambio de los cafés y chocolates calientes al agua helada, los mojitos, la “cachánchara” de Trinidad o los carísimos daiquiris del “Floridita”. Qué distinto es buscar la hora de llegar a casa y envolverte en una manta en el sofá, a pasear por el “Malecón” cuando atardece.
Qué distintas las ropas, las comidas, las músicas, incluso,... las sensaciones.

Y qué distintos los colores.
Porque frente a los azules pálidos, mates, de estos días, frente a los fríos grises y al blanco, vienen a mi pensamiento los verdes intensos de la región de Matanzas, y más verdes, todas las tonalidades de verdes de los “Ingenios”, los rojos y rosas y amarillos de las casas de Cienfuegos, los azules intensos del cielo convertidos, cerca del puerto de Casilda, en un morado espectacular confundido en el mar, los vivos colores de las ropas en cualquier lugar de la isla.
Y todos, todos los colores, en la vida de la capital. Colores en sus calles, en los clásicos coches, en las músicas, en los impresionantes edificios recuperados y en las bellísimas casas tristemente en ruinas.
Hoy, desde aquí, en esta noche fría de Enero, recuerdo el calor y recuerdo los colores de la isla y especialmente todos los colores en las gentes y en cada rincón de la fascinante ciudad de La Habana.
La foto de la nieve la hizo mi hermano cerca de casa en la anterior nevada.
Las fotos de Cuba las tomé este verano.